#microrrelato Con el entrecejo arrugado y los labios fruncidos, la situación la superaba. Estaba harta ya de ser tan buena y aquello tenía que cambiar. Miró sobre su hombro izquierdo, donde ocho angelitos encogían los hombros sin saber que hacer. Miró sobre el derecho, donde nunca había habido ningún demonio.
Los ocho angelitos se observaron entre ellos y comenzaron una pequeña trifulca de tirones y empujones, hasta que uno acabó siendo arrojado al hombro opuesto, obligándolo a cambiar su rol temporalmente.
Confuso, levantó los brazos en señal de duda, miró a su protegida con indecisión y murmuró un vacilante «¿mierda?».
Ella lo percibió con sorpresa, lo interiorizó con convencimiento, abrió los labios con rabia y masculló un sonoro y firme «¡mierda!».
Y se sintió extrañamente bien. Qué alivio poder ser tan mala por una vez.